Estoy indignado. Quizá sea una forma muy directa de comenzar, pero es así como me siento. Los últimos años han supuesto cambios increíbles en lo que a igualdad se refiere. Desde el pasado siglo numerosos colectivos han salido a las calles para reivindicar sus derechos y concienciar de la existencia de un problema real. La violencia hacia diferentes colectivos ha sido uno de los objetivos a erradicar por la mayoría de ellos. Sin embargo, las redes sociales y los medios audiovisuales han abierto la puerta a un nuevo espectáculo movido por la compasión y la caridad.
Es probable que todos aquellos que tengan un perfil en alguna red social como Facebook hayan visto entre las novedades de sus contactos alguna fotografía de alguien enfermo, herido o maltratado bajo el titular: "¿cuántos likes para este luchador?", o el que, desde mi punto de vista, resulta todavía más repugnante: "si no le das a like no tienes corazón". Hace unos minutos he podido observar como alguien de mi lista de amigos formaba parte de más de 4 millones que habían dado a "me gusta" a la foto de una niña de no más de 2 años con la cara repleta de moratones que, además, se acompañaba de más de 70.000 comentarios con insultos hacia el actor de los hechos y muestras de rabia y compasión por la niña. ¿De qué sirve compartir el dolor ajeno de esta forma?¿Se soluciona el maltrato infantil si haces clic en tu ordenador o smartphone a una palabra y al momento continúas con lo que estabas haciendo? En absoluto. Si quien compartió la foto, junto con el resto de usuarios que entraron en su juego de likes, no hicieron más que observar la imagen en sus pantallas y olvidarse de ello al instante, nadie habrá ayudado a poner fin al maltrato infantil.
Como decía José Manuel Ramírez, presidente del Observatorio Estatal de la Dependencia, en la edición de Salvados titulada "Los otros olvidados" : "Las necesidades de las personas no se pueden convertir en un espectáculo mediático. La telemendicidad no ayuda". Sin embargo, la sociedad actual se centra, tristemente, en el espectáculo visual. Alguien puede ser espectador de un programa como Entre todos, de TVE, y llorar con las historias de los protagonistas de cada edición, pero la vida de esa persona solo cambiará con las pocas llamadas que le ayuden económicamente. El resto de espectadores serán meros observadores que bien podrían ser voluntarios en una asociación que pueda realmente ayudar a esos y otros afectados, ya no por violencia, sino por diferencias económicas o cualquier otro tipo de problema al que, con un aporte mínimo, se puede comenzar a plantar cara.
Hay que olvidarse de sentir pena, de hacer espectáculo y de compadecerse de quien lo pasa mal. Observar no es ayudar. Ser audiencia, compartir en redes sociales o ser un like entre millones tampoco. Ayudar es salir a la calle, manifestarse por las injusticias, formar parte de colectivos que luchan por sus derechos y dedicar tiempo y esfuerzo a mejorar la situación de quienes cada día luchan, en ocasiones sin ayuda, por vivir mejor, o, simplemente, por vivir.